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Tradición oral y Cuentos: influencia anglo-germana
Paco Cid Jiménez, Sonia B. García Romero y Eva Mª Maroto Fernández

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TRADICIÓN ORAL Y CUENTOS

"La historia más verídica es aquella que la gente cuenta en voz baja, la historia que la gente cuenta con un asomo de temor prendido en los ojos". Con estas palabras se expresa Gabriel Janer Manila al hablar de la tradición oral, de las fuentes orales.

La historia de la humanidad se ha construido, en parte, gracias a la transmisión oral, y con el tiempo esta transmisión oral pasaría a formar parte de la historia escrita; pero el paso de lo oral a lo escrito provoca lagunas, subjetividades, partidismos que trastocan parte de la historia. La tradición oral es la historia de un pueblo, de una sociedad que avanza a la vez que con ella se moldean sus historias, sus vivencias, sus tradiciones.

Según Vigotski el desarrollo mental del hombre tiene su origen en la comunicación verbal entre el niño y el adulto. El ser humano se ha nutrido durante generaciones de una tradición oral que hoy día permanece en un lugar casi marginal, motivado por la influencia de otros medios alternativos: medios de comunicación de masas, libros, ordenadores... La tradición oral dio paso a una tradición de consumo e incomunicación; es paradójico, vivimos en la era de la información, y las personas cada vez se comunican menos y se ven abrumadas por un exceso de información que no siempre podemos o somos capaces de seleccionar.

Pero, sin perder de vista el tema que es el punto de partida del presente trabajo, vayamos ahora a comentar dónde se encuentra el origen de la palabra ‘folklore’, o ‘folclore’. Este término sería acuñado por el anticuario inglés Willian John Thoms en 1846, sustituyendo el concepto de ‘antigüedades populares’. Tal como comenta Arnold van Gennep en su libro Le Folkore, la introducción de este nuevo término se exportaría rápidamente por los países escandinavos, Rusia... Pero no todos los países del entorno británico aceptarían esta palabra de igual manera; en Alemania y Austria utilizaría la terminología ‘Volkskvendlich’, en Italia quisieron decantarse por ‘tradicionalista’, España y Portugal tardarían en aceptar la palabra ‘folklore’ motivado por sus disputas militares y políticas con Inglaterra.

La tradición oral, o folclore, hace referencia a diferentes aspectos de la cultura popular; no obstante, nosotros haremos referencia a aquellos que tienen una estrecha relación con la literatura: canciones, retahílas, leyendas, romances, fábulas, trabalenguas, cuentos populares, bestiarios...

En este punto, queremos conectar la tradición oral con la literatura, en concreto, literatura infantil. Comentar que denotaremos por literatura infantil también la destinada a un público adolescente, o juvenil, si bien hay que aclarar que los conceptos infantil, juvenil o adolescencia no surgen hasta el siglo XVIII-XIX, siendo la literatura escrita hasta entonces dirigida a un público adulto.

 

Preludios de una incipiente literatura infantil

La recolección de cuentos populares forma parte del folclore. Charles Perrault (1628-1703), escritor francés nacido en París, sería de los primeros en recopilar cuentos para niños. Sus Historias o cuentos del pasado (1697), también conocido como Cuentos de Mamá Oca -por la inscripción que figuraba en la cubierta de la edición original-, haría inmortales cuentos como Caperucita Roja, La bella durmiente, Cenicienta, Barba azul...

La influencia de Perrault trascendería las fronteras francesas. Casi un siglo después veríamos en los hermanos Grimm unos continuadores de la labor iniciada por Perrault, o cómo los cuentos de éste influirían en el inglés Walter Scott (1771-1832).

Es curioso cómo historias que no fueron escritas para niños, serían acogidas por éstos como propias. Robinson Crusoe (1719, Daniel Defoe) o Los viajes de Gulliver (1726, Jonathan Swift) son dos buenos ejemplos. Esta literatura para ‘adultos’ sería la que predominara en un siglo XVIII que entreabría sus puertas a una literatura infantil aún inexistente como tal, que tendrían su razón de ser fruto de la influencia de pensadores como el británico John Locke (1632-1704) y, más en concreto, a partir de las ideas del filósofo francés Jean-Jacques Rousseau (1712-1778).

Considerado como uno de los escritores más elocuentes del siglo de las Luces, su obra Emilio (1762) supondría una nueva teoría educativa, donde aparecía la figura del niño como etapa diferenciada de la adultez. En aquellos tiempos, Europa se veía envuelta en múltiples cambios sociales y políticos, en parte, provocados por las reivindicaciones de una clase obrera que reclamaba un lugar más justo en la anquilosada estructura social.

Para Rousseau el niño era un ser puramente sensitivo, sin sentimientos, independiente, solitario. Es curioso cómo alguien que plantea la figura del niño, como si de un salvaje se tratara, fuera el responsable de un nuevo concepto: la infancia.

Pero la importancia de las ideas no es tanto por los matices de las mismas como por su esencia, quizás el simple hecho de romper con lo que hasta entonces parecía normal. En la Edad Media el niño era un adulto en miniatura; el hecho diferencial de esta etapa de la vida no tenía sentido plantearlo, y es aquí donde radica la importancia del pensamiento de Rousseau: él sí plantea la niñez como una etapa con unas peculiaridades y necesidades diferentes a la edad adulta.

En 1770, el filósofo alemán y crítico literario, Johann Gottfried Herder (1744-1803), ofrecería una nueva imagen del niño y de la infancia. Al igual que Rousseau, vería en la infancia esta etapa diferente de la adultez, pero se alejaría de la imagen del niño como ser deficiente. Herder sería el autor del movimiento literario ‘Sturm und Drang’, integrado por jóvenes escritores alemanes que se opondrían al excesivo valor que daba la Ilustración a la razón. Este movimiento literario sería el preludio de lo que se conocería como Romanticismo alemán.

Hasta ahora hemos visto cómo de una literatura donde primaba lo religioso se pasó, en Gran Bretaña hacia un didactismo que imperaba en la mayoría de las obras, y en Alemania surgiría un movimiento social que trascendería sus propias fronteras.

 

Nacimiento de una literatura propiamente infantil

Aunque podemos encontrar, ya en el siglo XV, una obra destinada al niño: Der Seele Trost (1478), no es hasta el siglo XVIII cuando podemos hablar con propiedad de literatura destinada a un público infantil: recordar lo antes comentado acerca de la influencia de Locke, Rousseau y Herder en referencia a la infancia.

La influencia de Locke podemos observarla en la literatura británica en la labor del editor John Newbury, quien editara la primera revista infantil conocida en lengua inglesa: Lilliputian Magazine (1751-1752). Newbury influiría en la literatura infantil alemana, donde se editarían revistas infantiles siguiendo el modelo propuesto por éste.

Rousseau influiría en la literatura británica en forma de cuentos morales, donde primaba un didactismo que sería el género predominante en la literatura infantil inglesa desde mediados del siglo XVIII hasta comienzos del XIX. En Alemania, al igual que en Gran Bretaña, se observa un alejamiento de lo religioso, también encontramos cuentos morales, con autores como Johan Heinrich Campe, autor que puede ser considerado el fundador del género de novelas de aventuras para jóvenes.

La verdadera preocupación por el niño vendría a partir de las revoluciones industriales.

En el siglo XIX, Gran Bretaña sigue inmersa en la instrucción moral a través de la literatura, mientras en Alemania surge un movimiento cultural de gran trascendencia: el Romanticismo. En Gran Bretaña encontraríamos la importante contribución Charles Dickens (1812-1870) o la de Willian Blake (1757-1827); sería muy leído los Original Poems for Infant Minds de las hermanas Taylor.

 

El Romanticismo alemán

Dada la importancia que tuvo el Romanticismo alemán, no queremos pasar por alto algunos detalles que nos aproximen al mismo. Estamos en el siglo XVIII, donde la razón, consecuencia de la influencia de la Ilustración, parece inundar la vida cultural y filosófica de media Europa. Un grupo de jóvenes se rebela contra esta situación y plantea un movimiento cultural que trasciende la esfera de lo literario, afectando otras esferas artísticas y filosóficas. El Romanticismo deja de lado la razón en pro de la fantasía, de la bohemia, del sueño en vida tal como afirmara Novalis: "el mundo se convierte en sueño, el sueño en mundo". Es el límite difuso, o inexistente, entre una realidad y una fantasía que se entrecruzan en esta nueva forma de entender el arte, el pensamiento y, en definitiva, la vida.

El Romanticismo se preocuparía por rescatar la memoria del pueblo, su folclore, como forma de preservar la propia identidad nacional. Los primeros autores románticos no verían la necesidad de producir una literatura específica para niños, pues la verdadera literatura ya existía en lo popular: cuentos, sagas, canciones, leyendas... Los románticos pensaron en devolver la literatura folclórica a los niños. En esta tarea de salvar un tesoro que comenzaba a perderse participaron autores como Clemens Brentano y Achim con Arnim, además de los hermanos Grimm.

Brentano y Arnim rivalizarían con los hermanos Grimm a la hora de entender cómo debían transcribirse esos cuentos y leyendas que emanaban del pueblo. Los primeros entendieron que la salvación sólo era posible si se retocaban, como forma de reactivar el folclore; en cambio, los hermanos Grimm quisieron ser fieles a la tradición, sin cambiar ni influir (al menos, en la primera edición de sus famosos cuentos). La primera edición de los cuentos de los hermanos Grimm (Kinder und Hausmächen) fueron publicados entre 1812-1815. En la segunda edición de los mismos, aparecida en 1819, los hermanos Grimm imprimirían algunos cambios motivado por su interés en adaptarlos a un público específicamente infantil.

Podemos igualmente observar dos posturas en referencia a la didáctica de los cuentos. Mientras Arnim afirmaba que el niño debía tener la posibilidad de jugar con el cuento, cambiándolo; los hermanos Grimm decían que los niños no querían cambiar los cuentos, sino escucharlos tal cual una y otra vez, siempre igual.

Pero los románticos también producirían una literatura específicamente infantil, como por ejemplo el cuento Die Elfen (Los elfos) de Ludwig Tieck (1773-1853) y El cascanueces y el Rey de los Ratones de E.T.A. Hoffmann (1776-1822). Podemos ver en estos autores la aparición de un nuevo concepto: el cuento dualista, donde el mundo real (rural) se combina con un mundo fantástico al que no tienen acceso los adultos. En el caso concreto de Hoffmann, podemos ver el preludio de lo que casi un siglo después sería conocido en Inglaterra como ‘nonsense’. El problema de Hoffmann estuvo en que innovó demasiado pronto para la época en la que vivía.

 

Nonsense

Mientras Alemania y los países de su entorno se veían influidos por el Romanticismo, en Gran Bretaña la literatura era moldeada en virtud de un discutible didactismo. A mediados del siglo XIX, en pleno decaimiento del Romanticismo, surge en Gran Bretaña un estilo literario que, aunque tuviera un cierto origen en algunos aspectos del Romanticismo, tiene sus propias peculiaridades: aparece el ‘nonsense’.

Se llama ‘nonsense’ a una forma en verso o en prosa que busca los efectos extraños, absurdos y normalmente humorísticos, dejando a un lado cualquier ley sobre la lógica, la semántica o la sintaxis.

Está relacionado con la con la tradición de las nanas y rimas infantiles, con palabras sin significado y hechos absurdos.

Estos juegos de palabras forman parte de un concepto más amplio en el que se abarcan las ‘jitanjáforas’, y se relaciona también con los ‘limericks’ de Edward Lear; con las palabras ‘maleta’ de Lewis Carroll o, en España, con las ‘greguerías’ de Gómez de la Serna.

Podemos ver en Book of Nonsense, del británico Edward Lear (1812- 1888), el preludio de un estilo literario que podríamos traducir en español como literatura del absurdo.

El cuento maravilloso sería importado en Gran Bretaña desde el continente, donde la imaginación y la fantasía comenzarían a desplazar la moralidad dominante en la literatura británica de entonces, traduciéndose al inglés los cuentos de los hermanos Grimm, los de Andersen y otros cuentos folclóricos.

Así, el ‘nonsense’ no partió de la nada, sino que podemos entrever las influencias, entre otras, del romanticismo alemán (Grimm, Hoffmann).

Pero, si una obra se merece el puesto de honor del ‘nonsense’, sin lugar a dudas estaríamos hablando de Alicia en el país de la maravillas (1865), escrito por Lewis Carroll (seudónimo de Charles Ludwig Dodgson). Una brillante combinación de ingenio, parodia, simbolismo, ironía, juego de palabras... El primer gran libro infantil que no pretendía moralizar a los niños, el gran libro de una literatura del absurdo que ya formulara en 1846 Edward Lear.

Desde el ‘nonsense’ surgirían otros géneros como las historias y aventuras de niños (colegiales, pandillas), cuentos de animales, etc.

Por último, comentar la importancia de Peter Pan (1904) en la literatura fantástica británica.

 

Punto y aparte: algunas pinceladas de lo que ocurría en otros países

En este trabajo nos hemos centrado en el paso de la literatura tradicional a los cuentos, el nacimiento de una literatura propiamente infantil y la evolución de la literatura anglo-germana durante estos últimos siglos.

Pero la literatura es un arte que no se delimita a unas determinadas fronteras, siendo las influencias lógicas y necesarias. Es por ello que podemos ver otras relaciones, como por ejemplo, la ya comentada influencia que los cuentos del francés Perrault (finales siglo XVII) tendrían en la labor que algo más de un siglo después realizaran los hermanos Grimm (siglo XIX).

En Dinamarca, Andersen (1805-1875) crearía una literatura cercana a los niños, con un lenguaje cotidiano, con obras tan importantes como El patito feo, El traje nuevo del emperador, La reina de las nieves, Las zapatillas rojas, El soldadito de plomo, El ruiseñor, El sastrecillo valiente y La sirenita.

En España, Fernán Caballero, seudónimo de Cecilia Böhl de Faber (1796-1877), sería la pionera en la recopilación de cuentos populares, siendo la autora de la primera antología destinada a los niños: Cuentos, oraciones, adivinas y refranes populares e infantiles (1877). En 1920, Aurelio M. Espinoza recopilaría cuentos tradicionales (280 cuentos publicados por el CSIC), labor continuada por su hijo.

Los cuentos populares españoles pertenecen al mismo tronco indoeuropeo, que los extendió por Europa. Es por ello que es fácil encontrar los mismos cuentos en diferentes culturas, donde lo que cambian son los personajes y algunos detalles propios de las peculiaridades de cada pueblo. Como bien dice Ana Mª Matute, los "cuentos vagabundos" que le contaba su abuela, aquello que a ella le parecía único, de mayor descubriría que se contaban de manera parecida en Ucrania, en Inglaterra, en Francia, disfrazado de otra manera, pero era el mismo cuento.

 

A modo de conclusión
Fuentes orales versus fuentes escritas: valor pedagógico

La invención de la imprenta en 1450, de manos del alemán Johann Gutenberg, revolucionaría una escritura que, hasta entonces, sólo tuvo una cierta difusión gracias a la labor de los copistas. Sin embargo, en aquel tiempo, eran las obras de marcado carácter religioso las que más fueron potenciadas.

El pueblo vivía ajeno a un fenómeno que hoy día nos parece tan habitual, siendo la tradición popular, a través de la transmisión oral, un canal de comunicación, información, entretenimiento... sin competencia. La importancia de la tradición oral ha sido indiscutible durante mucho tiempo, pues en ella se transmitía y se conservaba la cultura de los pueblos. Una historia transmitida generación tras generación a través de canciones, coplas, juegos de palabras (trabalenguas, adivinanzas), refranes, cuentos, relatos legendarios, teatro... Como bien nos dice Ana María Matute (CLIJ 114) los "cuentos de hadas son la voz del pueblo, del pueblo que no tenía voz". Los cuentos no solo servían como entretenimiento, sino que era un reflejo de la propia historia de los pueblos de entonces, de un pueblo que sufría, que pasaba hambre, de un pueblo cuya única voz era la palabra transmitida de padres a hijos; en definitiva, una historia que no pudo ser manipulada por los historiadores, la verdadera historia.

Tal como afirma Gabriel Janer Manila (1990), en su obra Fuentes orales y educación, la importancia de la comunicación oral es sobrevalorada en la actualidad, y de ello también es culpable la escuela.

Vigotski afirmaría que el desarrollo mental del ser humano tiene su origen en la comunicación verbal entre el niño y el adulto. El lenguaje, como base de la comunicación verbal, es aprendido a través de una relación afectiva con el entorno. Jean Piaget, en sus trabajos sobre el desarrollo de la inteligencia en los niños, nos hablaría de una etapa fundamental en éstos, la preoperacional (de los dos a los siete años), donde el niño elabora símbolos de los objetos que es capaz de nombrar gracias a la adquisición de habilidades verbales.

Con todo esto, lo que pretendemos afirmar es que la comunicación oral tiene una importancia que, a priori, parece evidente, pues la actividad humana tiene su base en este tipo de comunicación. Pero, ¿por qué parece tener más valor las fuentes escritas? ¿qué importancia tiene hoy día la tradición oral? y todo esto, ¿cómo se contempla en la escuela?

Gabriel Janer afirma que "la literatura oral introduce al niño en la palabra, en el ritmo y los símbolos, ejercita su motricidad y su memoria, despierta su ingenio". No se trata de discutir acerca de la importancia de lo oral frente a lo escrito, o viceversa, pues ambas fuentes son complementarias, sino respetar el valor que cada testimonio nos aporta y saber utilizarlo de manera crítica.

Y, ¿cómo conectar todo esto con el verdadero tema de nuestro trabajo, el cuento? ¿cómo utilizarlo en la educación?

Los cuentos de tradición oral, por unos llamados cuentos de hadas, por otros cuentos maravillosos, sobreviven hoy día, tras siglos de historia. Ya comentamos cómo nació la literatura propiamente infantil, de cómo esta tradición oral dio paso a cuentos creados en la mente de un escritor. La evolución de los contenidos o de los objetivos que con el cuento se perseguían, pasaría de lo religioso a lo didáctico, de aquí a lo fantástico, y hoy encontramos unos límites difusos, donde lo políticamente correcto (Gran Bretaña) se combina con el neoromanticismo (Alemania), u otros casos donde la importancia de los argumentos es ensombrecida por un estúpido contexto.

El aspecto lúdico del lenguaje es importantísimo, sobre todo en la educación, pues "el juego es lo que nos introduce en la cultura" (Janer Manila, 1990). En la tradición oral encontramos numerosos ejemplos de este juego con las palabras, ya fuera en las rimas y trabalenguas, o en los propios cuentos. Y no solo esto, sino que no debemos olvidar la verdadera importancia de los cuentos: ayudarte a conocer el mundo y soñar, imaginar, vivir mil historias inimaginables.

En nuestro trabajo hemos analizado diferentes aspectos del cuento tradicional; hemos conocido bastantes aspectos de unos genios en el género: los hermanos Grimm; hicimos una somera presentación de todo lo que rodeó al nacimiento de una incipiente literatura infantil; nos centramos en la tradición y creación anglo-germana (con el romanticimo y el ‘nonsense’)... En definitiva, hemos visto un trozo de una historia fascinante que, ¿hasta dónde nos puede llevar en nuestra futura labor educativa? ¿qué podemos aprender con todo esto? A continuación, intentaremos responder a esta pregunta, concluyendo de esta manera, a modo de epílogo, con aquello que ha quedado en nuestra mente y nuestro corazón.

Queremos recordar las palabras de una mujer siempre niña, la Académica Ana Mª Matute, quien nos habla con emoción de los cuentos, de la magia de unas palabras que nos llevan a soñar, a sentir curiosidad, a imaginar. Sin embargo, hoy día la capacidad de crear o de imaginar está muy mermada en los niños, no siendo esto algo que parezca importar a una educación institucional anquilosada en un tradicionalismo egoísta e imprudente. Se está cultivando una pereza intelectual, "una pereza de crear, de imaginar". Y no solo esto, sino que además trastocamos las historias cambiando los finales, o trastocamos los argumentos con un estilo "más adecuado", haciendo de la literatura un entretenimiento que no aporta nada realmente nuevo o, mejor dicho, que no lleva al niño a ir más allá. ¿De qué sirve una historia que empieza y termina en los límites del propio libro?

En la familia y en los docentes está la responsabilidad de retomar una literatura que a tantos niños ha ayudado. Debemos reivindicar el valor de los cuentos como recurso pedagógico, y hacer de la literatura un mundo mágico donde no exista la obligatoriedad de leer, sino la voluntad por descubrir nuevos mundos, por disfrutar con la lectura, por pensar que detrás del espejo podemos estar nosotros compartiendo mil aventuras con Alicia, con Peter Pann, el Cascanueces, Caperucita Roja, la Bella Durmiente, Celia... Volvamos a ser niños por un momento, surmejámosno en el maravilloso mundo de lo imaginario; ¿te ves ahora tras el espejo? Pues vive, sonríe y sueña; y lo mejor de todo: invita a tus alumnos a vivir, sonreír y soñar. Ya nada será igual.

En Málaga, mayo de 1999

 

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