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Colaboraciones
LDA. Mª FERNANDA SANTARRONE

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Del homo-niño al tele-niño: ¿y vos quién sos para decirme qué tengo que hacer?

Esta pregunta que pulula permanentemente en la mente de los chicos de fin de milenio y que responde a un imaginario social en crisis, a un imaginario que se retira cada vez más al conformismo, se ha convertido en el "dedo acusador" que con una fuerza inusitada señala una tras otra las tareas del docente en el aula.

"¿Y a mi qué me interesa? ¿para qué me sirve lo que me dice? ¿qué me importa?…total me tiene que aprobar igual" Éstas son sólo algunas de las comunes inquisiciones a las que, los alumnos, exponen a los maestros día a día. El cuestionamiento no sería tan perverso si pudiese vincularse a una exigencia de crítica y reflexión sobre el contenido y forma de lo que se enseña, pero lejos de estar relacionado a ello, el "cuestionar por cuestionar" se traduce en una especie de poder mediante el cual niños de 7 a 14 años ponen en vilo la identidad de personas de más de 25.

Pero además de responder a las influencias del contexto social, político, económico y cultural que como "telespectadores" atravesamos y construimos –sólo con la mirada y una apatía silente-, el modo de actuar de los futuros ciudadanos del 2000 está estrechamente conectado tanto a la crisis de las instituciones tradicionales (como lo era la escuela, en tanto lugar de producción de saber) como a la usurpación de los lugares que ocupaban esas instituciones por las nuevas tecnologías, y más específicamente por la hegemonía y creación de nuevos modelos mentales que imparte el "sacerdote electrónico": la televisión. Destronada la cultura escrita por la cultura de la imagen, lo que "es" se reduce a lo que se "ve" y, en el ver sin entender, lo visible prepondera sobre lo inteligible.

La agonía por la que atraviesa hoy la educación primaria, en el caso de los países latinoamericanos, da cuenta de la pauperización y exclusión a la que inmutablemente asistimos, desde el momento en que los términos de "calificación", "eficacia", "calidad", "cualificación" y "especialización", puestos en el tapete por el modelo neoconservador, se hacen extensivos al campo educativo. Claro ejemplo de ello lo constituye el caso de Paraguay, uno de los países del Tercer Mundo que tiene un alto grado de deserción escolar.

De las 2.150.605 personas que tienen trabajo en Paraguay, sólo el 55,3% ha alcanzado solamente el nivel primario de instrucción, según se ha revelado en la última "Encuesta integrada de hogares" realizada por la Dirección General de Estadística, Encuestas y Censos (DGEEC) de dicho país. Además el estudio ha indicado que no posee instrucción alguna el 4,1% de las personas que tienen una ocupación remunerada, que sólo el 31,4% ha cursado estudios secundarios y que únicamente el 9,1% tiene instrucción universitaria o terciaria. Estos datos que caracterizan la situación educativa paraguaya –y que bien pueden hacerse extensivos a las situaciones similares por las que atraviesan el resto de las naciones del hemisferio sur- dan cuenta de la contradicción entre la supuesta "profesionalización" sobre la que se habla y la "exclusión" por la que el modelo aboga.

Por lo tanto no es azaroso que, en medio de la vorágine de este discurso, no casualmente contradictorio, los chicos que concurren a las escuelas primarias a cursar el primer y segundo ciclo de la EGB (Educación General Básica) reproduzcan las ideas posmodernas de la pérdida de las certezas, de la desconstrucción de los grandes relatos, de la necesidad de cuestionar (porque sí) todo saber instituido por considerarlo autoritario entrando en un "todo vale" donde lo que predomina no son ni ideas ni conceptos sino más bien imágenes banales.

La primera escuela "divertida" a la que asiste el niño, la televisión, -que precede a la "tradicional" y "aburrida" escuela que todos conocemos, según las expresiones de los chicos- está construyendo con su impronta educacional, con su impronta del ver un tele-niño que no termina de crecer, y que a los 30 años no será más que un adulto empobrecido que no hará otra cosa que repetir: "la cultura, que bodrio". Y es frente a este tele-niño simbólico producto de la tele-visión que deben enfrentarse los docentes, que aún conservan sus técnicas, didácticas y conocimientos tradicionales. Y, al menos hasta el momento, en el choque entre estas dos esferas culturales encontradas -la del niño (que es visual) y la del docente (que es letrada)- no se evidencia equipo ganador; o sí, pero no es justamente ninguno de los dos que están en juego.

Lo que extraña es que aún no se haya tomado conciencia de la fuerza emancipadora del pensamiento educativo, que lejos de repetir o reproducir lo que el pensamiento industrial demanda, debe tratar de dar a luz innovaciones que superen la mentalidad imperante y abran el camino a una escuela con rostro propio. Y, evidentemente, esta no es una tarea que podemos encomendar a los niños.

 

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